2. La llegada de Sor Juana a México

En siglo XVII había ya en México una extensa red de caminos, algunos trazados tiempo atrás por los mismos indios para comunicarse con lejanos lugares del gran territorio dominado por los aztecas. Unos eran de terracería, y otros, anchos y empedrados, llamados caminos reales, que unían las ciudades más importantes con la capital.

Por uno de esos caminos de herradura, en un carruaje tirado por mulitas, Juana Inés fue a la capital de la Nueva España, en el año 1659, al encuentro de su destino. Llegó a casa de su tía materna, María Ramírez de Mata, casada con don Juan de Mata, caballero de buena posición económica y social.

Recién instalada contrataron al bachiller Martín de Olivas como maestro de gramática latina. Juana Inés inició ese estudio con tanta impaciencia y deseo de aprender, comprender y saberlo todo. Tomó 20 lecciones pero como no le bastaron, continuó por sí misma en el estudio. Para ver la evolución de su aprendizaje, se cortó el cabello hasta no aprender lo que se había propuesto:

Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio y con el efecto le cortaba, en pena de la rudeza; que no parecía razón, que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba desnuda de noticias, y que eran más apetecible adorno (De la Cruz, 1991, p. 20). 

Aparte de la innata habilidad para versificar en castellano, lo hacía con natural fluidez en latín, náhuatl, portugués y vascuence, esta última era la lengua de su abuelo y padre. Leía cuanto libro tenía cerca, y dado el ambiente refinado en el que vivía, las literaturas griega y latina, así como la religiosa, fueron su alimento espiritual cotidiano.

Cinco años vivió la niña prodigio en casa de los esposos Mata, ilustrándose siempre con diversos libros que, ante amable y reiterada petición, le regalaban parientes y le prestaban amigos.

Juana Inés llegó a la capital bien recomendada por las autoridades eclesiásticas, quienes, desde tiempo atrás, habían fijado los ojos en tan portentoso talento. “Era su confesor, ya entonces, el severo jesuita Antonio Núñez de Miranda, quien no cabe duda, rendía admiración al ahínco de la niña, cayéndole en gracia tanta viveza” (Atamoros, 1975, pp. 13 – 40).

Los virreyes querían establecer en la capital de la Nueva España una corte tan suntuosa como las europeas, y al haber escuchado rumores sobre los valimientos de Juana Inés la llamaron a su presencia y convencidos la incluyeron en la recién formada corte.

El padre Núñez Miranda no se opuso porque era el confesor oficial de los virreyes y estaba orgulloso de las singulares prendas de Juana Inés. Además, al conocer las carencias económicas y paternales de la joven creyó aliviarlas de esa manera.

A los trece años la “introdujeron en el Palacio donde entrara con título de muy querida de la Señora Virreina, la Marquesa de Mancera". Así la describe Ludwig Pfandl:

En los albores de la primavera de 1664 tomó posesión el marqués de Mancera de su puesto de virrey; en el mismo año Juanita, que todavía no tenía completos los trece, llega a la corte. Aquí encuentra sencillamente todo lo que su corazón puede anhelar: compensación del amor paterno, amistad de sus coetáneos, solícitos y sabios maestros, obsequiosas damas de honor, brillantes reuniones, ingeniosas charlas de sobremesa, noticias del vasto mundo y ante todo acceso a los libros. Actos públicos, pomposos y divertidos (en los cuales no sólo participa el pueblo, sino también los cortesanos), y también, por ejemplo, las festividades de la Iglesia y las procesiones, o las representaciones teatrales en palacio y en las escuelas particulares y monásticas, o los paseos por el canal de Jamaica o las graduaciones doctorales y las discusiones en la universidad (Pfandl, 1963, p. 38).

A grandes rasgos, ese fue el ambiente que encontró Juana en la corte.

El padre Diego Calleja, en barroco estilo literario, propio de aquella época, cuenta como:

Volaba la fama de habilidad tan nunca vista en tan pocos años, y al paso que crecía la edad, se aumentaba en ella la discreción con los cuidados de su estudio y su buen parecer con los de la naturaleza sola; que no quiso ésta vez encerrar tanta sutileza de espíritu en cuerpo, que la evidenciase mucho ni disimular, como avarienta, tesoro tan rico escondido entre tierra tosca. Luego que conocieron sus parientes el riesgo que podía correr de desgraciada por discreta, y con desgracia no menor de perseguida por hermosa, aseguraron ambos extremos de una vez y la introdujeron en el palacio del Señor Marques de Mancera, Virrey que era entonces de México, y entraba con el título de muy querida de la Señora Virreina.

El Señor Marques de Mancera… me contó varias veces que estando con no vulgar admiración de ver en Juana Inés tanta variedad de noticias, las escolásticas tan al parecer puntuales, y bien fundadas las demás, quiso desengañarse de una vez y saber si era sabiduría tan admirable, o infusa, o adquirida, o artificio, o no natural y juntó un día en un palacio cuantos hombres profesaban letras en la universidad y ciudad de México. El número de todos llegaría a cuarenta y en las profesiones eran varios, como teólogos, escriturarios, filósofos, matemáticos, historiadores, poetas, humanistas y no pocos de los que por alusivo gracejo, llamamos tertulios, que sin haber cursado por destino las facultades, con su mucho ingenio y alguna aplicación, suelen hacer, no en vano, muy buen juicio de todo. No desdeñaron la niñez (tenía entonces Juana Inés no más de diecisiete años) de la no combatiente, sino examinada, tan señalados hombres, que eran discretos: ni aun esquivaron descorteses la científica lid por mujer, que eran españoles. Concurrieron pues, el día señalado al certamen, de tan curiosa admiración, y atestigua el Señor Marqués que no cabe en humano juicio creer lo que vio, pues dice que a la manera que un galeón real se defendería de pocas chalupas, que la embistieran, así se desembarazaba Juana Inés de las preguntas, argumentos y réplicas, que tantos, cada uno de su clase, la propusieron (Peñalosa, 2005, pp. 18 - 20).

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Así yo diré: ¿de dónde, venerable Señora, de dónde a mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar vuestra atención?...

Ni al primer imposible tengo más que responder que no ser nada digno de vuestros ojos; ni al segundo más de admiraciones, en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, Señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar a mis manos, impresa, la carta que vuestra propiedad llamó.

Atenagórica, prorrumpí (con no ser esto en mí muy fácil) en lágrimas de confusión, porque me pareció que vuestra favor no era más que una reconvención que Dios hace a lo mal que le correspondo; y que como a otros corrige con castigos a mí me quiere reducir a fuerza de beneficios. Especial favor de que conozco ser deudora, como de otros beneficios de su inmensa bondad; pero también especial modo de avergonzarme y confundirme: que es más primoroso medio de castigar hacer que yo misma, con mi conocimiento, sea juez que me sentencie y condene mi ingratitud.

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Y, a la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo por dar gusto a otros; no sólo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe; y así, es la ordinaria respuesta a los que me instan, y más si es asunto sagrado: ¿Qué entendimiento tengo yo, qué estudio, qué materiales, ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos: Así lo respondo y así lo siento.

El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primer luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas represiones –que he tenido muchas-, ni propias reflejas –que he hecho no pocas-,

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han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra, según algunos, a una mujer; y aún hay quien diga que daña.

Prosiguiendo en la narración de mi inclinación, de que os quiero dar entera noticia, digo que no había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; viendo que le daban lección me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba que me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer el donaire, me la dio. Proseguí en ir y ella prosiguió en enseñarme…

Ya no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo callé creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden.

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Pintura temática. Inspirada en la monja mexicana Sor Juana inés de la Cruz. Óleo sobre lienzo. Autor: Joseph Delatorre.
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Acuérdome que en esos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de saber que de comer, siendo éste tan poderoso en los niños. Teniendo yo después como seis o siete años, y ya sabiendo leer y escribir, con todas las habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí decir que había Universidades y Escuelas en que se estudiaban las ciencias en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la universidad; ella no lo quiso hacer, e hizo bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni represiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprenden a hablar.

Empecé a aprender gramática, en que creo que no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las Mujeres –y más en tan florida juventud- es tan apreciable el adorno natural del cabello,

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yo me cortaba de él cuatro a seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza… que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno.

Éntreme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado de cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinación, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentación, la vencí con el favor divino, y tomé el estado que tan dignamente tengo.

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Con esto proseguí, dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio a la cumbre de la Sagrada Teología; pareciéndome preciso, para llegar a ella, subir por los escalones de las ciencias y artes humanas; porque ¿Cómo sin Lógica sabría yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin Física, tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo sin Geometría se podrán medir el Arca Santa del Testamente y la Ciudad Santa de Jerusalen, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes tan maravilloso? ¿Cómo sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la Historia se entenderán los libros historiales?

Y así por tener algunos principios granjeados, estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para alguna particular inclinación, sino para todas en general; por lo cual, el haber estudiado en unas más que en otras, no ha sido en mi elección, sino que el acaso de haber topado más a mano libros de aquellas facultades les ha dado, sin arbitrio mío, la preferencia. Y como no tenía interés que me moviese, ni límite

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de tiempo que me estrechase el continuado estudio de una cosa por la necesidad de los grados, casi a un tiempo estudiaba diversas cosas o dejaba unas por otras; bien que en eso observaba orden, porque a unas llamaba estudio y a otras diversión; y en estas descansaba de las otras: de donde se sigue que he estudiado muchas cosas y nada sé, porque las unas han embarazado a las otras.

Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese.

Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran sido en mí, porque obro necesariamente. Si son culpa, por la misma razón creo que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio;

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y así remito la decisión a ese soberano talento, sometiéndome luego a sentenciare, sin contradicción ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi inclinación a las letras.

Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese.

Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran sido en mí, porque obro necesariamente. Si son culpa, por la misma razón creo que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio; y así remito la decisión a ese soberano talento, sometiéndome luego a sentenciare, sin contradicción ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi inclinación a las letras.

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Sor Juana en la cocina. Tomada de: elclaustro.edu.mx
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El venerable Doctor Arce (digo profesor de Escritura por su virtud y letras), en su Studioso Bibliorum excita esta cuestión: An liceat foeminis sacrorum Bibliorum studio incumbere? Eaque interpretari [¿es lícito a las mujeres dedicarse al estudio de la Sagrada Escritura y a su interpretación?] y trae por la parte contraria muchas sentencias de santos, en especial aquello del Apóstol: … Mulieres in Ecclesiis taceant, non enim permittitur eis loqui [Las mujeres callen en las iglesias, porque no les es dado hablar (I Corintios, XIV, 34)] Trae después otras sentencias, y del mismo Apóstol aquel lugar ad Titum: Anus similiter in habitu sancto, bene docentes [Las ancianas asimismo, en un porte santo, maestras de lo bueno (A Tito, II, 3.)] con interpretaciones de los Santos Padres; y al fin resuelve con su prudencia, que el leer públicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos no es lícito a las mujeres; pero que el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no sólo le es lícito, pero muy provechoso y útil; claro está que esto no se debe entender con todas, sino aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia y que fueren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo. Y esto es tan justo que no sólo a las mujeres,

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que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras, en no siendo doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados; porque de lo contrario creo que han salido tantos sectarios y que han sido la raíz de tantas herejías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades en la Ley (que es quien las rehúsa); y así hasta que por decir lo que nadie ha dicho dicen una herejía, no están contentos. De éstos dice el Espíritu Santo: In malevolam animam non introibit sapientia [en alma maligna no entrará la sabiduría (Sabiduría, I, 4)]. A estos, más daño les hace el saber que les hiciera el ignorar.

A éstos, vuelvo a decir, hace daño el estudiar, porque es poner espada en manos del furioso; que siendo instrumento nobilísimo para la defensa, en sus manos es muerte suya y de muchos.

A esto dice el Apóstol: Dico enim per gratiam quae data est mihi, ómnibus qui sunt intervos: Non plus sapere quam oportet sapere, sed sapere ad sobrietatem: et unicuique sicut Deus divisit mensuram fidei [Pues por desgracia que me ha sido dada,

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digo a todos los que están entre vosotros que no sepan más de lo que conviene saber, sino que sepan con templanza y cada uno como Dios repartió la medida de la fe (Romanos, XII,3.)] y en verdad no lo dijo el Apóstol a las mujeres, sino a los hombres; y que no es sólo para ellas el taceant [Callen] sino para todos los que no fueren aptos. Querer yo saber tanto o más que Aristóteles o que San Agustín, si no tengo la aptitud de San Agustín o de Aristóteles, aunque estudie más que los dos, no sólo no lo conseguiré sino que debilitaré y entorpeceré la operación de mi flaco entendimiento con la desproporción del objeto.




Toda la información de este libro electrónico es textual: De la Cruz, J. I. (1991) Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. México: Fontamara (pp. 28 – 59).

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Lee la siguiente información:

Así yo diré: ¿de dónde, venerable Señora, de dónde a mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar vuestra atención?...

Ni al primer imposible tengo más que responder que no ser nada digno de vuestros ojos; ni al segundo más de admiraciones, en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, Señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar a mis manos, impresa, la carta que vuestra propiedad llamó.

Atenagórica, prorrumpí (con no ser esto en mí muy fácil) en lágrimas de confusión, porque me pareció que vuestra favor no era más que una reconvención que Dios hace a lo mal que le correspondo; y que como a otros corrige con castigos a mí me quiere reducir a fuerza de beneficios. Especial favor de que conozco ser deudora, como de otros beneficios de su inmensa bondad; pero también especial modo de avergonzarme y confundirme: que es más primoroso medio de castigar hacer que yo misma, con mi conocimiento, sea juez que me sentencie y condene mi ingratitud.

Y, a la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo por dar gusto a otros; no sólo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe; y así, es la ordinaria respuesta a los que me instan, y más si es asunto sagrado: ¿Qué entendimiento tengo yo, qué estudio, qué materiales, ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos: Así lo respondo y así lo siento.

El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primer luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas represiones –que he tenido muchas-, ni propias reflejas –que he hecho no pocas-, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: su Majestad sabe por qué y para qué;

y sabe que le he pedido que apague mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra, según algunos, a una mujer; y aún hay quien diga que daña.

Prosiguiendo en la narración de mi inclinación, de que os quiero dar entera noticia, digo que no había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; viendo que le daban lección me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba que me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer el donaire, me la dio. Proseguí en ir y ella prosiguió en enseñarme…

Ya no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo callé creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden.

Pintura temática. Inspirada en la monja mexicana Sor Juana inés de la Cruz. Óleo sobre lienzo. Autor: Joseph Delatorre.

Acuérdome que en esos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de saber que de comer, siendo éste tan poderoso en los niños. Teniendo yo después como seis o siete años, y ya sabiendo leer y escribir, con todas las habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí decir que había Universidades y Escuelas en que se estudiaban las ciencias en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la universidad; ella no lo quiso hacer, e hizo bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni represiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprenden a hablar.

Empecé a aprender gramática, en que creo que no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las Mujeres –y más en tan florida juventud- es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro a seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes,

e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza… que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno.

Éntreme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado de cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinación, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentación, la vencí con el favor divino, y tomé el estado que tan dignamente tengo.

Con esto proseguí, dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio a la cumbre de la Sagrada Teología; pareciéndome preciso, para llegar a ella, subir por los escalones de las ciencias y artes humanas; porque ¿Cómo sin Lógica sabría yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin Física, tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo sin Geometría se podrán medir el Arca Santa del Testamente y la Ciudad Santa de Jerusalen, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes tan maravilloso? ¿Cómo sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la Historia se entenderán los libros historiales?

Y así por tener algunos principios granjeados, estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para alguna particular inclinación, sino para todas en general; por lo cual, el haber estudiado en unas más que en otras, no ha sido en mi elección, sino que el acaso de haber topado más a mano libros de aquellas facultades les ha dado, sin arbitrio mío, la preferencia. Y como no tenía interés que me moviese, ni límite

de tiempo que me estrechase el continuado estudio de una cosa por la necesidad de los grados, casi a un tiempo estudiaba diversas cosas o dejaba unas por otras; bien que en eso observaba orden, porque a unas llamaba estudio y a otras diversión; y en estas descansaba de las otras: de donde se sigue que he estudiado muchas cosas y nada sé, porque las unas han embarazado a las otras.

Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese.

Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran sido en mí, porque obro necesariamente. Si son culpa, por la misma razón creo que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio;

y así remito la decisión a ese soberano talento, sometiéndome luego a sentenciare, sin contradicción ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi inclinación a las letras.

Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese.

Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran sido en mí, porque obro necesariamente. Si son culpa, por la misma razón creo que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio; y así remito la decisión a ese soberano talento, sometiéndome luego a sentenciare, sin contradicción ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi inclinación a las letras.

Sor Juana en la cocina. Tomada de: elclaustro.edu.mx.

El venerable Doctor Arce (digo profesor de Escritura por su virtud y letras), en su Studioso Bibliorum excita esta cuestión: An liceat foeminis sacrorum Bibliorum studio incumbere? Eaque interpretari [¿es lícito a las mujeres dedicarse al estudio de la Sagrada Escritura y a su interpretación?] y trae por la parte contraria muchas sentencias de santos, en especial aquello del Apóstol: … Mulieres in Ecclesiis taceant, non enim permittitur eis loqui [Las mujeres callen en las iglesias, porque no les es dado hablar (I Corintios, XIV, 34)] Trae después otras sentencias, y del mismo Apóstol aquel lugar ad Titum: Anus similiter in habitu sancto, bene docentes [Las ancianas asimismo, en un porte santo, maestras de lo bueno (A Tito, II, 3.)] con interpretaciones de los Santos Padres; y al fin resuelve con su prudencia, que el leer públicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos no es lícito a las mujeres; pero que el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no sólo le es lícito, pero muy provechoso y útil; claro está que esto no se debe entender con todas, sino aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia y que fueren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo. Y esto es tan justo que no sólo a las mujeres, que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras,

en no siendo doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados; porque de lo contrario creo que han salido tantos sectarios y que han sido la raíz de tantas herejías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades en la Ley (que es quien las rehúsa); y así hasta que por decir lo que nadie ha dicho dicen una herejía, no están contentos. De éstos dice el Espíritu Santo: In malevolam animam non introibit sapientia [en alma maligna no entrará la sabiduría (Sabiduría, I, 4)]. A estos, más daño les hace el saber que les hiciera el ignorar.

A éstos, vuelvo a decir, hace daño el estudiar, porque es poner espada en manos del furioso; que siendo instrumento nobilísimo para la defensa, en sus manos es muerte suya y de muchos.

A esto dice el Apóstol: Dico enim per gratiam quae data est mihi, ómnibus qui sunt intervos: Non plus sapere quam oportet sapere, sed sapere ad sobrietatem: et unicuique sicut Deus divisit mensuram fidei [Pues por desgracia que me ha sido dada, digo a todos los que están entre vosotros que no sepan más de lo que conviene saber, sino que sepan con templanza y cada uno como Dios repartió la medida de la fe (Romanos, XII,3.)] y en verdad no lo

dijo el Apóstol a las mujeres, sino a los hombres; y que no es sólo para ellas el taceant [Callen] sino para todos los que no fueren aptos. Querer yo saber tanto o más que Aristóteles o que San Agustín, si no tengo la aptitud de San Agustín o de Aristóteles, aunque estudie más que los dos, no sólo no lo conseguiré sino que debilitaré y entorpeceré la operación de mi flaco entendimiento con la desproporción del objeto.




Toda la información de este libro electrónico es textual: De la Cruz, J. I. (1991) Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. México: Fontamara (pp. 28 – 59).

Lee la siguiente información:

Así yo diré: ¿de dónde, venerable Señora, de dónde a mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar vuestra atención?...

Ni al primer imposible tengo más que responder que no ser nada digno de vuestros ojos; ni al segundo más de admiraciones, en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, Señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar a mis manos, impresa, la carta que vuestra propiedad llamó.

Atenagórica, prorrumpí (con no ser esto en mí muy fácil) en lágrimas de confusión, porque me pareció que vuestra favor no era más que una reconvención que Dios hace a lo mal que le correspondo; y que como a otros corrige con castigos a mí me quiere reducir a fuerza de beneficios. Especial favor de que conozco ser deudora, como de otros beneficios de su inmensa bondad; pero también especial modo de avergonzarme y confundirme: que es más primoroso medio de castigar hacer que yo misma, con mi conocimiento, sea juez que me sentencie y condene mi ingratitud.

Y, a la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo por dar gusto a otros; no sólo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe; y así, es la ordinaria respuesta a los que me instan, y más si es asunto sagrado: ¿Qué entendimiento tengo yo, qué estudio, qué materiales, ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos: Así lo respondo y así lo siento.

El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primer luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas represiones –que he tenido muchas-, ni propias reflejas –que he hecho no pocas-, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra, según algunos, a una mujer; y aún hay quien diga que daña.

Prosiguiendo en la narración de mi inclinación, de que os quiero dar entera noticia, digo que no había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; viendo que le daban lección me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba que me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer el donaire, me la dio. Proseguí en ir y ella prosiguió en enseñarme…

Ya no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo callé creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden.

Pintura temática. Inspirada en la monja mexicana Sor Juana inés de la Cruz. Óleo sobre lienzo. Autor: Joseph Delatorre.

Acuérdome que en esos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de saber que de comer, siendo éste tan poderoso en los niños. Teniendo yo después como seis o siete años, y ya sabiendo leer y escribir, con todas las habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí decir que había Universidades y Escuelas en que se estudiaban las ciencias en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la universidad; ella no lo quiso hacer, e hizo bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni represiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprenden a hablar.

Empecé a aprender gramática, en que creo que no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las Mujeres –y más en tan florida juventud- es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro a seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza… que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno.

Éntreme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado de cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinación, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentación, la vencí con el favor divino, y tomé el estado que tan dignamente tengo.

Con esto proseguí, dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio a la cumbre de la Sagrada Teología; pareciéndome preciso, para llegar a ella, subir por los escalones de las ciencias y artes humanas; porque ¿Cómo sin Lógica sabría yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin Física, tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo sin Geometría se podrán medir el Arca Santa del Testamente y la Ciudad Santa de Jerusalen, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes tan maravilloso? ¿Cómo sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la Historia se entenderán los libros historiales?.

Y así por tener algunos principios granjeados, estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para alguna particular inclinación, sino para todas en general; por lo cual, el haber estudiado en unas más que en otras, no ha sido en mi elección, sino que el acaso de haber topado más a mano libros de aquellas facultades les ha dado, sin arbitrio mío, la preferencia. Y como no tenía interés que me moviese, ni límite de tiempo que me estrechase el continuado estudio de una cosa por la necesidad de los grados, casi a un tiempo estudiaba diversas cosas o dejaba unas por otras; bien que en eso observaba orden, porque a unas llamaba estudio y a otras diversión; y en estas descansaba de las otras: de donde se sigue que he estudiado muchas cosas y nada sé, porque las unas han embarazado a las otras.

Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese.

Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran sido en mí, porque obro necesariamente. Si son culpa, por la misma razón creo que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio; y así remito la decisión a ese soberano talento, sometiéndome luego a sentenciare, sin contradicción ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi inclinación a las letras.

Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese.

Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran sido en mí, porque obro necesariamente. Si son culpa, por la misma razón creo que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio; y así remito la decisión a ese soberano talento, sometiéndome luego a sentenciare, sin contradicción ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi inclinación a las letras.

Sor Juana en la cocina. Tomada de: elclaustro.edu.mx

El venerable Doctor Arce (digo profesor de Escritura por su virtud y letras), en su Studioso Bibliorum excita esta cuestión: An liceat foeminis sacrorum Bibliorum studio incumbere? Eaque interpretari [¿es lícito a las mujeres dedicarse al estudio de la Sagrada Escritura y a su interpretación?] y trae por la parte contraria muchas sentencias de santos, en especial aquello del Apóstol: … Mulieres in Ecclesiis taceant, non enim permittitur eis loqui [Las mujeres callen en las iglesias, porque no les es dado hablar (I Corintios, XIV, 34)] Trae después otras sentencias, y del mismo Apóstol aquel lugar ad Titum: Anus similiter in habitu sancto, bene docentes [Las ancianas asimismo, en un porte santo, maestras de lo bueno (A Tito, II, 3.)] con interpretaciones de los Santos Padres; y al fin resuelve con su prudencia, que el leer públicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos no es lícito a las mujeres; pero que el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no sólo le es lícito, pero muy provechoso y útil; claro está que esto no se debe entender con todas, sino aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia y que fueren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo. Y esto es tan justo que no sólo a las mujeres, que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras, en no siendo doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados; porque de lo contrario creo que han salido tantos sectarios y que han sido la raíz de tantas herejías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades en la Ley (que es quien las rehúsa); y así hasta que por decir lo que nadie ha dicho dicen una herejía, no están contentos. De éstos dice el Espíritu Santo: In malevolam animam non introibit sapientia [en alma maligna no entrará la sabiduría (Sabiduría, I, 4)]. A estos, más daño les hace el saber que les hiciera el ignorar.

A éstos, vuelvo a decir, hace daño el estudiar, porque es poner espada en manos del furioso; que siendo instrumento nobilísimo para la defensa, en sus manos es muerte suya y de muchos.

A esto dice el Apóstol: Dico enim per gratiam quae data est mihi, ómnibus qui sunt intervos: Non plus sapere quam oportet sapere, sed sapere ad sobrietatem: et unicuique sicut Deus divisit mensuram fidei [Pues por desgracia que me ha sido dada, digo a todos los que están entre vosotros que no sepan más de lo que conviene saber, sino que sepan con templanza y cada uno como Dios repartió la medida de la fe (Romanos, XII,3.)] y en verdad no lo dijo el Apóstol a las mujeres, sino a los hombres; y que no es sólo para ellas el taceant [Callen] sino para todos los que no fueren aptos. Querer yo saber tanto o más que Aristóteles o que San Agustín, si no tengo la aptitud de San Agustín o de Aristóteles, aunque estudie más que los dos, no sólo no lo conseguiré sino que debilitaré y entorpeceré la operación de mi flaco entendimiento con la desproporción del objeto.




Toda la información de este apartado es textual: De la Cruz, J. I. (1991) Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. México: Fontamara (pp. 28 – 59).


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